Notas de Interés

Cambios sociales en la Buenos Aires de entreguerras (1920-1940)

¿Por qué y para qué trabajan las mujeres?
por Karina Felitti y Graciela Queirolo

En este artículo se analizan los puntos de intersección entre el mundo del trabajo femenino y la cuestión demográfica en las décadas de 1920 y 1930, una época de pronunciados cambios en las relaciones entre mujeres y varones, como resultado del proceso de

Durante los años de entreguerras, dos fenómenos devinieron problemáticos en la ciudad de Buenos Aires: la caída de la tasa de natalidad y la creciente presencia femenina en el mercado de trabajo. La disminución de los nacimientos alcanzó índices alarmantes para el Estado, la jerarquía de la Iglesia católica, la corporación médica y los intelectuales, y a la hora de encontrar explicaciones a este fenómeno, la participación de las mujeres en el mundo laboral fue una de las más recurrentes. Aunque el trabajo femenino tenía ya una larga historia, en estos años las mujeres comenzaron a ocupar puestos de mayor visibilidad y mejor retribución monetaria generados, en gran medida, por el crecimiento del sector terciario. Respondiendo a una demanda que les ofrecía posibilidades concretas de progreso social y económico, muchas mujeres cuestionaron el apacible lugar que les reservaba la ideología de la domesticidad. Una ciudad masificada y moderna Hacia 1920, Buenos Aires había dejado muy atrás su fisonomía de “ciudad indiana” y superaba largamente los vestigios de “Gran Aldea”, mostrando toda su modernidad en un diseño arquitectónico que la acercaba a las metrópolis europeas1. Este proceso de transformación hundía sus raíces en el último cuarto del siglo XIX, cuando el país se había incorporado a la economía mundial como proveedor de bienes primarios y receptor de capitales extranjeros. La llegada masiva de inmigrantes europeos, que buscaban oportunidades para mejorar su calidad de vida, permitió un notable crecimiento de la población e hizo de Buenos Aires una ciudad cosmopolita: los 286.000 habitantes porteños de 1880 ascendieron a 649.000 en 18952, para llegar a 1.576.000 en 19143. El crecimiento urbano se había traducido en el crecimiento físico de la ciudad que se expandió en barrios. El loteo de terrenos baldíos junto a la subdivisión de propiedades como quintas, permitió a muchas familias la adquisición de un espacio para ir edificando gradualmente una vivienda propia y dejar atrás el conventillo o la casa compartida. Al mismo tiempo, la urbanización propició el crecimiento del mercado interno que fue abastecido por productos importados y por otros elaborados localmente gracias a la expansión del aparato industrial. La distribución de estos bienes se realizaba a través de una densa red de casas mayoristas y pequeños comercios que brillaron en los barrios y también en las grandes tiendas del centro: Harrod´s, Gath & Chaves, San Miguel, La ciudad de México, Casa Scherrer, La Piedad, entre otras. Esta expansión productiva y comercial, junto con el desarrollo urbano, provocó una mayor demanda de servicios educativos, administrativos y domésticos, que amplió las posibilidades de trabajo para los varones y muy especialmente, para las mujeres.

Nota completa en Todo es Historia edición Octubre de 2007

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