
De Mieses y Ganado
por María Sáenz Quesada
Quizás el 2008 quede registrado en la historia nacional por la intensidad de las protestas de los productores rurales a la política del Poder Ejecutivo; más allá de la resolución inmediata del conflicto iniciado en marzo, su interés en el mediano y largo plazo es haber colocado al “campo” en el centro de la escena. Este hecho remite a los comienzos de las primeras fundaciones españolas en el Río de la Plata, en las que el reclamo a la autoridad hispánica consistió en obtener permiso para exportar carne (tasajo) y trigo al puerto de San Vicente en el Brasil portugués. Los petitorios de los vecinos de Buenos Aires argumentaban que para dejar de ser “la más pobre ciudad de las Indias”, debía autorizarse el comercio intercolonial. Sobraban razones para justificar el pedido porque fueron esas modestas actividades agrícolas y ganaderas las que permitieron poblar un territorio falto de metales y de brazos para trabajar la tierra. Si Juan de Garay estuvo en condiciones de fundar a Santa Fe y a Buenos Aires fue “por haber hallado en ellas las cosas que convienen, agua, leña, pastos que quiera y casas, tierras y estancias para los vecinos”. Por eso, con o sin permiso, los intercambios se llevaron a cabo. Por entonces los productores rurales eran pobres, y solo excepcionalmente las fuentes históricas mencionan a algún gran hacendado vinculado al negocio de la exportación. Esta situación empezó a cambiar a raíz de las guerras de fines del siglo XVIII, de la relativa apertura del comercio autorizada por el rey Carlos III y de las necesidades de materias primas de la industria europea (cueros) y de los mercados de esclavos (tasajo). Satisfecho escribió a ese respecto en 1795 el virrey Arredondo: “no es menester mucha ciencia rural ni mercantil para conocer que se deben aplicar las principales miras a la conservación y aumento posible del ganado vacuno en estos parajes…son los artículos que forman su presente comercio activo con la Península y la isla de Cuba”. En vísperas de la Revolución de Mayo, el grupo de intelectuales que escribió en las publicaciones pioneras (Telégrafo Mercantil, Semanario de Agricultura, Correo de Comercio), enfatizó la necesidad de aplicar la ciencia agraria para potenciar esa riqueza. Manuel Belgrano proponía entre otras cosas fundar escuelas para labradores, fijar precios libres para el agro, repartir equitativamente las tierras y darlas en propiedad a quienes las trabajasen. Para Hipólito Vieytes, el título más honroso que podía tener un pueblo era el de agricultor y su aspiración era que dadas las ventajas naturales del país nuestros frutos llegaran “al mercado general del mundo”. Por su parte, Manuel José de Lavardén sumaba la industria a la labranza y el comercio para alcanzar la opulencia. Pero por el momento las restricciones comerciales, la falta de estímulos y la dificultad general en las comunicaciones impedían el crecimiento de la producción rural. “Tan defectuoso y mal reglamentado está lo concerniente a la agricultura en este país, que el dueño de una estancia que vale 20.000 duros apenas saca para vivir”, observó un viajero inglés hacia 1810. Se refería así a los estancieros de tipo patriarcal cuya figura más característica era el santafesino Francisco de Candioti, criador de mulas y traficante en la ruta del Potosí. La Representación de los Hacendados redactada por Mariano Moreno en 1809, marca el nuevo tono de la época en la que se exalta al labrador, término que puede asimilarse con el actual productor rural más que con el de estanciero. De este modo comenzaba un siglo de realizaciones para la actividad rural, en el que la Argentina se ubicó como uno de los más grandes productores mundiales de carne y de cereales. No se progresó de golpe, sino paso a paso: mejores precios para el ganado, intercambios directos con los centros manufactureros de Europa, productos cada vez más variados, y puesta en valor de las tierras vírgenes. En el curso de este largo proceso, los grandes propietarios rurales -acompañados por una red de pequeños y medianos hacendados- llegaron al poder y gobernaron a la Confederación Argentina con un sentido pragmático y paternalista. Ese fue el caso de Juan Manuel de Rosas. Pero no solo este gobernante resulta representativo de la relación entre la política y la producción rural en el siglo XIX. Sus adversarios políticos también demostraron su interés prioritario por el campo. Rivadavia, por ejemplo, con su malogrado intento de impulsar la agricultura mediante la ley de enfiteusis; Sarmiento con su proyecto de darle tierras a los pioneros según el modelo de venta de terrenos públicos a bajo precio aplicado en Chivilcoy (1857) y desde luego Urquiza, quien comenzó las primeras colonias agrícolas en sus tierras. Puede afirmarse que la clase dirigente del siglo XIX y comienzos del XX, estuvo atenta a la producción rural porque valoraba la relación directa entre ésta y la prosperidad del país. La Argentina del primer centenario celebró “los ganados y las mieses” como el mejor recurso económico disponible. “El campo es lo esencial de la vida argentina pues de él y de sus productos se alimenta la comunidad”, observó un viajero. La dirigencia de entonces supuso que esta situación podría durar en forma indefinida. Se equivocaron: las dos guerras mundiales modificaron el esquema internacional y lo que en 1914 resultaba una producción extraordinaria no era suficiente veinte años mas tarde para una población más numerosa, más diversificada y con ganas de prosperar en épocas en que la disponibilidad de tierras nuevas había alcanzado un techo. Desde 1930 y hasta finalizado el siglo XX el campo retrocedió en el imaginario argentino. Se prefirió apostar a la industria. El tema fue motivo de largas polémicas que enfrentaron a estancieros y chacareros, hacendados y criadores, industriales y terratenientes, consumidores urbanos y trabajadores rurales. El discurso político que sintetizó estos conflictos culpó a los agropecuarios de la decadencia argentina; ignoró las causas profundas de dicha decadencia, tales como las alternativas de los precios externos y no contempló las posibilidades que ofrecía la agroindustria para que los dos sectores crecieran en forma armoniosa. Más allá de estas polémicas y de los discursos simplificadores hubo una reconversión del campo en forma silenciosa. Sus gestores pretenden ser escuchados y considerados sin prejuicios en un reclamo comparable al de aquellos labradores de principios del siglo XIX. Las nuevas oportunidades que se abren a quienes sepan abordarla, pueden convertirse en un buen recurso para comenzar el siglo XXI y superar los enfrentamientos estériles como el que acaba de transcurrir.